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El papa Francisco nos recomienda que "cada día tomemos un pequeño pasaje del Evangelio para leer y releer (...) ¡nos traerá la novedad y la alegría de Dios" (Angelus, 23 de enero 2022). La finalidad de este cuaderno de trabajo es ayudarte a tener contacto con el evangelio y conocerlo más a fondo para que te encuentres con Jesucristo, acojas su salvación y su amor, y lo sigas.

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   “A contracorriente”: expresión que usamos para indicar que una embarcación va en contra de la dirección en la que corre el río, o también para indicar que una persona opina o actúa de modo opuesto al de la mayoría.

   Jesús nos envió a ser sus testigos; esto implica ir a contracorriente, pues la mayoría va en contra del proyecto del Reino y los valores cristianos. El anuncio del Evangelio nunca ha sido tarea fácil, ni lo será pues se enfrenta contra los apáticos, los que viven en la mentira y el egoísmo, la corrupción y la violencia. Ir contracorriente muchas veces conlleva la persecución y el martirio.

   En esta lucha el Espíritu Santo nos fortalece, nos impulsa, nos consuela. Si vamos a contracorriente, no podemos darnos un descanso; esto nos haría retroceder. «En el mundo, ustedes tendrán sufrimientos», nos dijo Jesús; y añadió: «Pero, ánimo, yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).

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   El cristiano es seguidor y testigo de Jesucristo. Es testigo las veinticuatro horas del día. Lo es por medio de todo lo que hace o dice, y por las obras que realiza en favor de los demás.

   Es testigo de Jesucristo por su misma vida, que es Evangelio en acto. Lo es, también, por su voluntad para asumir los sufrimientos, la persecución y el martirio. El testimonio del bautizado es fruto del Espíritu Santo pues, dijo Jesús: «El Espíritu de la verdad, que procede del Padre, dará testimonio de mí. Y también ustedes darán testimonio» (Jn 15,26-27).

   El testimonio puede que toque las mentes y los corazones o que suscite preguntas y reacciones; ya sea de aceptación o rechazo, el testimonio tiene como finalidad que los demás se encuentren con Jesús, «crean que es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre» (Jn 20,31).

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Como cristianos, hemos de dar testimonio de esperanza, misericordia y alegría. No es que tengamos que hacer algo extra, ni tengamos que  fingir; el testimonio es una irradiación natural del interior: «de la abundancia del corazón, habla la boca», dijo Jesús (Lc 6,45). Y también “hablan” nuestras actitudes, obras y acciones, todo nuestro cuerpo, en especial el rostro y la mirada.

   En un mundo en el que abundan la desconfianza, el desánimo, las enemistades, la violencia, la indiferencia y la tristeza; donde las personas a nuestro alrededor necesitan esperanza, misericordia y alegría, el Espíritu Santo quiere transmitírselas por nuestro medio. Ese testimonio puede darlo alguien individualmente, pero surtirá mayor efecto si lo da una comunidad que, formada por personas diferentes, personas frágiles y limitadas, es capaz de vivir el amor, el perdón y el servicio.

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   Ser testigos de Dios-Trinidad suele reflejarse en una manera de ser y actuar que pone de manifiesto que Dios es nuestro Padre (filiación), que todo ser humano es nuestro hermano (fraternidad), y que somos compasivos con quienes sufren y hacemos algo para ayudarlos (solidaridad).

   Estas tres características de nuestro estilo de vida son fuente de santificación y alegría para nosotros. El seguimiento de Jesucristo se irradia hacia el exterior, sin que lo pretendamos ni seamos conscientes de ello. Cuando esta irradiación es percibida por los demás se convierte en una invitación para los demás al seguimiento de Jesucristo o, al menos, en una gran interrogante: ¿por qué esta persona es así, a pesar de sus limitaciones, de las adversidades y los problemas?, ¿Cuál es su “secreto”? Esta irradiación es el testimonio que el Espíritu Santo hace llegar a los demás por medio de nosotros.

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   El bautizado es, ante todo, un testigo de Dios. Pero el único Dios que existe es tres personas distintas. Por lo mismo, hemos de dar testimonio diferenciado de Dios Padre, de Jesucristo y del Espíritu Santo.

   Pero, para dar ese testimonio necesitamos haber tenido un encuentro personal con cada Persona de la Trinidad, un encuentro distinto del que tenemos con las otras dos. Sin embargo, en alguna ocasión unos discípulos le dijeron a San Pablo: «Ni siquiera sabíamos que existía el Espíritu Santo» (Hch 19,2). Y con respecto a Dios Padre, podríamos decir algo similar.

   Sólo la experiencia de Dios Trinidad –comunidad de vida y amor– fundamenta una religión basada en el amor, una Iglesia que es familia, una espiritualidad salvífica y una vida al servicio de los demás.

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