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   Laicos, ministros ordenados y personas consagradas formamos la Iglesia, Pueblo sacerdotal santo y solidario. Así mismo, las Obras de la Cruz y la Familia de la Cruz están integradas por fieles de las tres categorías.

   Los laicos -que somos la inmensa mayoría de los cristianos- vivimos en el mundo inmersos en toda clase de actividades y situaciones de la vida, por lo que nuestra existencia está como entretejida (LG 31).

   Con nuestro testimonio contribuimos a la transformación de realidades y la creación de estructuras justas según los criterios del Evangelio.

   "Los laicos, como adoradores en todo lugar y obrando santamente, consagran el mundo mismo a Dios" (LG 34)

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   Hablamos de mística en sentido amplio, como una dimensión esencial de toda vida cristiana, y de mística en sentido estricto, como un estado en el cual el Espíritu Santo, mediante sus dones, ilumina, fortalece, dirige e impulsa la vida espiritual del creyente.

   La beata Concepción Cabrera es una mística en sentido estricto, como fueron Catalina de Siena, Teresa de Jesús... Vivió en unión con Dios-Trinidad, se abandonó a la acción del Espíritu Santo y fue dócil a sus inspiraciones. 

   Además de recibir gracias místicas, ella tuvo el don de comprenderlas  y comunicar verbalmente sus vivencias. Las comunicó de viva voz a sus directores espirituales, y también por escrito sobre todo en su cuenta de Cuenta de conciencia. Es una mística escritora. Sus numerosos escritos, aprobados por la autoridad de la Iglesia, son guía segura de vida cristiana y fuente de la Espiritualidad de la Cruz.

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«No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro (...) con una Persona». Estas palabras del papa Benedicto XVI ponen de manifiesto la importancia de la dimensión mística en la vida cristiana. 

   El encuentro con Jesucristo crucificado enciende el corazón, suscita la conversión y dirige la vida. Al día siguiente de haberse encontrado con Jesús de Nazareth, Andrés le dice con entusiasmo a su hermano Simón: "¡Hemos encontrado al Mesías!" (JN 1,41). 

   Sin el fuego de la experiencia de Dios, la vida cristiana pasa a ser el cumplimiento de ritos vacíos y de una fría doctrina.

   Actualmente Jesús podría repetir a muchos de conducta intachable:  "ustedes nunca han oído ni han visto su rostro" (Jn 5,37).  

   Solo la dimensión mística da color, calor, aroma sabor y melodía a la vida cristiana.

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Concepción Cabrera es apóstol. Una mujer que vivió en estrecha unión con Dios-Trinidad. Una laica enviada por el Espíritu Santo a colaborar con Jesucristo en la misión de «salvar almas». Una mística cuya vida fue totalmente en favor de los demás: de Dios, en primer lugar; de su esposo, sus hijos y demás familiares; de las Obras de la Cruz, de los ministros ordenados, de la Iglesia y el mundo.

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Todos los cristianos somos apóstoles. La dimensión apostólica no es un elemento añadido: «soy cristiano y, además, apóstol»; sino que es un constitutivo esencial: «soy apóstol porque soy cristiano».

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El silencio es condición para percibir lo que bulle en nuestro interior, para escuchar a Dios y a los demás, para sintonizarnos con la creación. Nos dispone para la oración, la compasión, la misión y la creatividad, para el disfrute sereno y el gozo profundo.

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Escuchar es mucho más que oír sonidos, mirar es mucho más que ver la luz. La diferencia está en la atención voluntaria que ponemos en esas acciones. Escuchar y mirar son, en primer lugar, acciones receptivas; pero de la manera como las realizamos, mucho transmitimos a los demás.

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El lenguaje, por rudimentario que fuera, está ligado a la aparición del ser humano en el mundo. Con palabras, inventadas por él, designa personas, objetos, acciones, relaciones… Mucho tiempo después, crea la escritura. El idioma que escuchamos cuando niños y las palabras que aprendimos y hoy utilizamos van estructurando nuestra mente.

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Un testigo es quien además de haber presenciado un evento da testimonio de él, como los testigos en un juicio. Testigos de Jesucristo fueron Andrés y Felipe que habiéndose encontrado con Jesús fueron a contarle a Pedro y Natanael respectivamente (Jn 1,35-51). 

Justo antes de ascender al Padre, Jesús les dijo a los discípulos «Cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes, recibirán poder y serán mis testigos (...) hasta en las partes más lejanas de la tierra» (Hch 1,8).

Así pues, se es testigo de Jesucristo no por propia iniciativa o decisión personal, sino por vocación y envío por parte del mismo Jesucristo, y por el irresistible dinamismo que el Espíritu Santo suscita en interior del creyente. 

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