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   El diálogo es una conversación entre dos o más personas, donde se da alternancia entre hablar y escuchar. Aunque el diálogo puede tener varias características es fundamental que todos los interlocutores sean respetuosos y pacientes; pero, por el contrario, muchos de nuestros intercambios de palabras están lejos de ser diálogos. Sin embargo la Biblia nos conmina a "que sus conversaciones sean cordiales y agradables, a fin de que ustedes  tengan respuesta adecuada para cada persona" (Col 4, 6).

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   Somos sujetos corporeos, espíritus encarnados. El cuerpo no es cárcel del alma, sino la posibilidad de nuestra existencia en el mundo, la primera y más espontánea expresión de lo que somos. 

   Si cambia mi cuerpo (por una enfermedad, por un accidente, por la edad, por cirugías, etc.) también cambia mi autoimagen y cambio yo. 

  En toda relación humana el cuerpo tiene un papel imprescindible. No es solamente un encuentro de ideas sino de personas.

  También en nuestra relación con Dios el cuerpo es esencial. Dios se comunica con nosotros, y no solo con nuestra alma. Por eso "se hizo carne" (Jn 1, 14). "Lo hemos tocado con nuestras propias manos" (Jn 1,1), dirá asombrado San Juan. 

  Un día moriremos; nuestro cuerpo será enterrado o cremado, Y resucitaremos.  

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    Nuestro Dios, que es Trinidad, comunidad de vida, amor y amistad entre las tres personas, al crear al hombre no quiso que éste estuviera solo. A su vez Jesús, para realizar la misión que el Padre le ha confiado, constituye la comunidad de "los Doce" (Mc 3,16). Y el Espíritu Santo, sirviéndose de la comunidad cristiana, lleva adelante la misión evangelizadora comenzada por Jesús.

    Formamos parte de diversas comunidades: la familia, la pareja matrimonial, los amigos, el grupo cristiano... El cielo es la comunidad de comunidades, la familia de los hijos de Dios.

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  «Por espiritualidad […] se entiende no una parte de la vida, sino la vida toda guiada por el Espíritu Santo» (papa Juan Pablo II).  Con esta idea abordaremos los seis números de esta revista del año 2021, que girarán en torno al tema: La espiritualidad hoy.

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   Hay un solo Dios, y este único Dios es Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

    La espiritualidad hoy no puede contentarse con una concepción global de Dios, o con una vaga idea del ser supremo; ha de entrar en el misterio de Dios, revelado por Jesucristo, y vivir una relación distinta con el Creador, el Salvador y el Santificador, pues son personas distintas.

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   «Para mí, la vida es Cristo», dijo San Pablo (Flp 1,21).  En esto consiste la espiritualidad cristiana: en seguir a Jesús, imitarlo, vivir como él vivió, transformarnos en él, y todo esto al impulso del Espíritu Santo. La espiritualidad hoy ha de tener una clara referencia a Jesucristo: pues seguir a Jesucristo no es un adorno de nuestra identidad, sino su esencia: soy cristiana/o.

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   La espiritualidad es «la vida toda guiada por el Espíritu Santo». En diversas épocas el énfasis se ha puesto en leyes, ritos, doctrina, disciplina, organización… echando al olvido la vida, el amor, la alegría, la pasión, la entrega... 

   La vida en el Espíritu ha de suscitar en el corazón humano el deseo de vivirla;  no por propaganda de ella, sino por el testimonio de amor, servicio y perdón de quienes la viven.

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   El Concilio Vaticano II abordó el tema de la relación de la Iglesia católica con las otras comunidades cristianas y no cristianas. Una auténtica espiritualidad cristiana debe tener una dimensión ecuménica, pues todo seguidor de Jesucristo está en relación con otros buscadores de Dios.

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      El ser humano ha sido creado por Dios y tiende hacia Dios. Busca el sentido de la vida y la felicidad; busca la verdad, la belleza y el bien; busca a Dios, aunque no sea consciente de buscarlo. Esta búsqueda es su espiritualidad.

   Una persona que lucha por la justicia y la paz, que promueve la ecología y la cultura, que trabaja por el bien común y la solidaridad, que es dueña de sus decisiones y responsable de sus acciones, vive una espiritualidad, aunque no crea en Dios ni en la vida eterna, aunque no participe en celebraciones o ritos religiosos. Vive una espiritualidad secular.

   Una auténtica espiritualidad cristiana debe tener una dimensión secular, pues todo cristiano es ciudadano del mundo –sin ser del mundo (cf. Jn 17,16)– y vive en una sociedad concreta. F

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Conchita Cabrera tuvo una estrecha relación con el Espíritu Santo. Aquí hace una recopilación de oraciones y meditaciones breves para recordar a las almas a la Divina Persona, y --parafraseando a la autora-- acercarlo a nuestra inteligencia, que reine en nuestros corazones y seamos abrasados en su caridad infinita.

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